El día en que se despidió del Bayern de Munich el anunciador no se equivocó en pronunciar las R de su nombre. El peruano es parte de la historia del equipo y la ciudad. Un veterano que había enseñado a decir su apellido a la fuerza. Los comentaristas alemanes tuvieron 167 ocasiones para gritar su nombre. Un récord que parece inalcanzable porque se necesitaría de una regularidad poco común en un delantero. Imagina tener al menos ocho temporadas con al menos veinte goles para alcanzarlo. Aquella tarde de su retiro Pizarro se había convertido en un sinónimo en alemán para gol.

Los 75 mil hinchas que fueron a ver el partido de su equipo contra el Bayern Leverkusen en el Allianz Arena le regalaron una ovación de más de quince minutos. El peruano en ropa de civil, camisa blanca y pantalón de jean, agitó las manos hacia los hinchas, incrédulo de lo que le ocurría. Su salida era el fin de una era dorada para el Bayern Munich. Años atrás con el bombardero en la cancha, su regularidad goleadora le consiguió varios dobletes de campeón de la liga y campeón nacional, una Champions y una Intercontinental. Sumando un total de 17 copas para las repisas del club. Es el único extranjero en la lista de los 10 mayores anotadores de la liga alemana. Desde el noveno lugar Pizarro era un extraño en ese selecto club de goleadores germanos. Muchos de los cuales ayudaron a Alemania a convertirse en campeón del mundo cuatro veces.

En las tribunas se mostraban bufandas con un mensaje sencillo “Danke Claudio”. Estaban agradecidos, la dirigencia también, los únicos que no compartían la misma alegría eran aquellos que esperaban de Pizarro se convirtiera en goleador de otro campeonato. Durante mucho tiempo fue la constante esperanza incumplida para un equipo que jugaba como nunca y perdía como siempre. El capitán de dos eliminatorias sin mundial, en Europa acostumbraba anotar al menos diez dianas por torneo. En 80 partidos con el equipo blanco y rojo anotó veinte veces. Pizarro cruzaba el Atlántico para jugar por Perú, pero sus goles se quedaban Europa.

 

El sacrificio del Fútbol

Claudio Pizarro lleva la 14 en la espalda no sólo como un tributo al genial Johan Cruyff, sino como una elección de estilo. Todos nos olvidamos que Cruyff era un hombre que medía un metro ochenta, pero que podía retrasarse, desbordar o simplemente llegar desde atrás para cabecear. Como el holandés buscaba ser un delantero que a pesar de su altura tuviera la movilidad de alguien diez centímetros más bajo. Un atacante polifuncional cuyo juego podía adaptarse a las necesidades del equipo. Esa habilidad fue la razón por la que Cruyff, a pesar de no levantar la copa en el mundial del 74,  lo nombraron el mejor jugador del campeonato.

Cuando Pizarro se fue de Perú en el 2000 tenía las condiciones de un delantero de área. Alguien a quién buscar por arriba, un jugador que no se entretenía con la pelota y disparaba al segundo de recibir. Sus cinco goles en el partido ante Unión Minas, que fue en gran parte la razón de su traslado a Europa, mostraron ese estilo. Era un cazador de área con pocas variantes, pero que aspiraba a ser algo más. En ese momento de su carrera era lo opuesto a ese 14 naranja que era tan autosuficiente en su juego que hasta inventó el autopase.

Pero después de tres temporadas en el rigor Europeo, Pizarro se había convertido en un futbolista más peligroso. No era un armador de juego como Cruyff pero había alcanzado una movilidad similar. Era un goleador que podía anotar con la cabeza, ambos pies, de taco, de espaldas y hasta de pecho. Se había adaptado a un sistema de juego que buscaba que cada ataque fuera una sorpresa. Sus anotaciones de esos años antes de irse al Chelsea de Mourinho, sumaban casi los cien goles. Su efectividad lo respaldaba como el encargado de terminar los ataques del Bayern. 

Muchos están de acuerdo que por sus goles en Alemania, Pizarro es el mejor jugador de Perú en décadas. Sin embargo su éxito no sólo se debió a su extraordinario talento goleador. Hijo de marino, a lo largo de su vida tuvo que acostumbrarse a sobrevivir a las mudanzas. En una reciente entrevista con el diario El Comercio desde Alemania, explicó que él suele tener un sólo consejo para los futbolistas jóvenes: salgan del fútbol peruano ni bien puedan. Pero también admitió que era una arma de doble filo, jugadores impresionantes que no rinden igual porque están lejos de todo lo que conocen. Aprender alemán, acostumbrarte a otro estilo de vida, sobrevivir al rigor físico, son las pruebas que tienen que superar una promesa para hacerse realidad. Pero el obstáculo más difícil está en la mente del jugador.

No se trata de esa fortaleza mental que siempre surge en los comentarios deportivos después de sufrir un contragolpe. Para explicar el éxito de Claudio Pizarro hay que retroceder en el tiempo. Dieciséis años en el pasado, antes de saber que su destino sería alemán, durante una entrevista al final del partido ante el equipo de Cerro de Pasco, le preguntaron sobre la posibilidad de irse de Alianza Lima. El respondió que primero le gustaría salir campeón. Pero que si viniera una oferta quisiera irse a España por un tema de adaptación. Tenía familiares ahí, no necesitaba aprender otro idioma. Como todo chico de veinte años le temía a lo incierto. Cuando lo contrata el Werder Bremen su elección no pudo haber sido más didicil. Sacrificó a los amigos, a la comida, a la familia, a las fiestas, a las cosas buenas de la vida, pero que se desbordan cuando el éxito te llega demasiado rápido. Pizarro se convirtió en el mejor futbolista de Perú porque no sucumbió a la nostalgia. Esa fuerza vital de la memoria que nos mantiene enfocados, pero que a veces nos vuelve reclusos de una cárcel de recuerdos.

 

Ni traidor ni salvador

Cuando empezó a ser convocado a la selección la expectativa era enorme. Después de varias décadas Perú tenía un jugador de clase mundial al cual confiar el peso de los resultados. Si alguien podía llevarnos al mundial sería él. Como en la política buscábamos un caudillo, que nos resolviera el problema de no ir a un mundial. Simplificaron su éxito en Alemania al punto que su sola presencia en el área ya significaba un gol seguro en un equipo que sufría para llegar al arco rival. 

Pero una persona no puede salvar a un equipo. Parece un cliché por lo seguido que los futbolistas hablan de la importancia del grupo por sobre las individualidades, sin embargo, Pizarro no hubiera anotado tantos goles sin las innumerables asistencias de  su equipo. En las siguientes eliminatorias aparecieron los cuatro fantásticos. Pero cuatro futbolistas de clase mundial no hacen un equipo. Las eliminatorias para el último mundial eran la mejor oportunidad de ir a un mundial que tendría Perú, el compromiso fue mayor. 

Un periodista deportivo lo llamó el mayor error del entrenador, y agregó que Pizarro con sus 37 años tenía el vértigo de una tortuga embarazada. Sin embargo en vez de defenderse del insulto, Pizarro ha preferido hundirse con el barco de la derrota, con tal de dar una oportunidad de supervivencia al resto del equipo.

Brasil clasificado por organizador, abría la oportunidad para una selección más. Mientras que toda Sudamérica se preparó para esa oportunidad, Perú tenía una crisis de resultadísmo. Ganaba la selección y pertenecían al Olimpo de los próceres de la patria. Perdían y tenían una reputación peor que la de un político condenado a corrupción. Ocupados en criticar o celebrar, en la última década Claudio Pizarro no era el representante de un sólido equipo. Era el capitán de un castillo de naipes. En cada partido que jugaban, el más pequeño error tenía el potencial de derrumbarlos. Fuimos testigos de partidos extraordinarios perdidos por una tarjeta amarilla. Sufrimos una lesión durante un entrenamiento que condicionaba un resultado de visita. Expulsiones evitables nos ponían el marcador en contra en partidos que podíamos ganar. Durante la Copa América del 2015, donde Perú llego tercero por segunda vez consecutiva, la mayor deficiencia de la selección pasó desapercibida. No era la falta del compromiso o disciplina. Tampoco que los jugadores fueran malos. Es en los torneos largos, como las eliminatorias,  la ausencia de figuras nos pasa factura.

Lo que Perú necesita para llegar al mundial no es sólo que Pizarro anote en cada partido en el que sale a la cancha. ¿De qué serviría anotar si apenas podemos defender una ventaja? Lo que necesita Perú o cualquier equipo serio es tener 22 jugadores que soporten el rigor de la alta competencia. Piezas de recambio. Necesitamos crear un sistema que nos permita formar a más jugadores dispuestos a sacrificar su juventud por el fútbol. El resto es demagogia. Perú necesita que el caso de Guerrero, Farfán o Vargas no sean una rareza. Sin embargo, salir a ganar aún cuando las apuestas están en tu contra es un acto de valiente. Quizás el legado de Pizarro sea la enseñanza de que se debe salir a la cancha con la cabeza en alto porque en el fútbol, como en la vida, nada está dicho. 

Los mismos que inflan el pecho cada octubre por Miguel Grau, todavía no entienden la razón de ser de los capitanes. Al aceptar el cargo en la peor coyuntura, estas personas asumen el triste oficio de hacerse responsable de las crisis. Cuando Gareca lo llama en lo peor del partido ante Colombia en Barranquilla, Pizarro sale sin dudas de la banca en busca de un milagro. Cuando no lo obtiene, un periodista deportivo lo llamó el mayor error del entrenador, y agregó que Pizarro con sus 37 años tenía el vértigo de una tortuga embarazada. Sin embargo en vez de defenderse del insulto, Pizarro ha preferido hundirse con el barco de la derrota, con tal de dar una oportunidad de supervivencia al resto del equipo. Ser el foco de las críticas con tal de asegurarles una oportunidad más a los que vienen, una oportunidad que él ya no tendrá.

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