Hace unos años un grupo de sociólogos visitaron una aldea africana en Kenia. Investigaban como la escuela cambiaba la vida de los más jóvenes del pueblo. Un colegio permite el contacto de nuevas ideas, por ejemplo, la escuela había permitido que las niñas y adolescentes del pueblo pudieran asistir al mismo tiempo que los hombres. Pero esta supuesta historia de éxito, tenía un secreto.

Después de las clases, durante el recreo observaron un fenómeno tan común en África como en el resto del mundo: los niños del colegio se ponían a jugar fútbol. Era una escena llena de alegría, una demostración de que el deporte es esencial en su formación: entre risas surgían formas de liderazgo y se forjaban lazos de amistad.

Sin embargo, conforme seguía el descanso, las niñas que también asistían al colegio estaban apoyadas en la pared conversando entre ellas. En vez de jugar hacían hora para volver a clases.

Perpetuaban el chisme como su única actividad social.

Tenían acceso a la educación pero no a la diversión. En otras sociedades las mujeres podrían haber practicado cualquier otro deporte, pero

en regiones en vías del desarrollo sufren de discriminación financiera, imposiciones religiosas y acoso. 

Nadie niega el poder de la educación para crear el cambio en las sociedades, pero hay cosas que sólo se pueden aprender y sentir en una cancha.

Entre los deportes el fútbol representa algo más importante. Su popularidad no sólo es por los millones que cada año se pagan a sus estrellas, sino por la facilidad de su práctica y sencillez de sus reglas. Es el juego perfecto para practicar, ahí donde no hay nada.

Es una oportunidad redonda para millones de chicas que no tienen acceso a una cancha de vóley o a una piscina o un gimnasio. Para las que hasta el campo de juego les está prohibido.

Por eso el derecho a patear una pelota puede hacer la diferencia en el destino de cualquier joven. Al ser los dueños del balón los hombres se acostumbran a buscar su bienestar sin ningún límite. Mientras que las mujeres sobreviven entre las prohibiciones que otros les imponen. Esta diferencia es una de las razones por las que una de cada tres mujeres en el mundo sufra de algún tipo de violencia.

Igualar la cancha para hombres y mujeres no es imposible, hace un siglo en Inglaterra, la casa del fútbol, habían tantos equipos masculinos como femeninos. Era un deporte sin género y debería volver a serlo. Justine Greening ministra de la Mujer y Equidad en el Reino Unido ha dicho que

Ningún país puede escapar de la pobreza o tener un futuro prospero cuando a niñas y mujeres les son negadas a alcazar su potencial. Equidad en la educación, salud y en la toma de decisiones es la clave para el crecimiento, crear trabajo y terminar con la dependencia de la ayuda social

La ministra hizo estas declaraciones después de lanzar un programa de más de un millón de libras, para empezar a capacitar a medio centenar de entrenadores hombres y mujeres de Kenia, para que lleven un mensaje de igualdad al campo de juego. Cambiar a Kenia o cualquier país, un partido a la vez.

Porque cada vez que una mujer decide patear una pelota y sentir la felicidad de jugar un partido de fútbol, les enseña a sus padres, amigos y al mundo, que nadie le puede poner un límite a su destino.

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