No sólo te equivocas, tu equipo se encargará de que no lo olvides nunca.

Tranquila todos alguna vez en la vida hemos fallado un gol, si no recuerda la final de la Copa América 2016 cuando Messi se falló el penal y Chile salió campeón. No eres la primera ni serás la última. Pero si serás la persona ideal para molestar en cada entrenamiento. Aunque hay distintas formas de fallar un gol, el desconcierto es el mismo.

Fuente: bordomavi. 
Fuente: bordomavi. 

Cuando la ves afuera empieza la negación: ¿Qué? ¿No entró? No querida lo fallaste.

En ese momento no sabes lo que ha pasado. Son milésimas de segundos en los que no sabes ni donde estás parada, todo se mueve y tú sigues pensando en qué pasó.  Simplemente tu cerebro no quiere aceptar que fallaste.

¡No puede ser!

Una vez que ya sabes en qué año estamos, te das cuenta que fallaste ese gol cantado. Sólo te queda aceptarlo y pegar la vuelta. Vez al portero alistandose para el saque de meta y solo piensas: M·$%&/ ni siquiera fue corner. Ahora viene la aceptación y nos preparamos mentalmente para lo que viene.

Fuente: forthewin. 
Fuente: forthewin. 

Un arsenal inacabable de palabras groseras contra tí

En ese momento ya no eres una dama maldices y gritas hasta que tu garganta no puede más. Es así. La ira y la impotencia te invade en ese momento. ¡Solo tenía que empujarla Pu$%/ m$%&/%! Bueno fuera que sean unas pocas, tu cabeza es un hervidero. Más si es un gol decisivo en un partido definitorio. Si no lo es, reniegas, pero sabes que no es el fin del mundo.

Aunque tu cara diga lo contrario

Luego de castigarte un rato,  ahora viene la mirada de tus compañeras de equipo. La decepción se puede ver en hasta en los ojos de los hinchas. Es que ya era el gol. El gol de la ventaja, el tanto que definía la final, o un pase a una fase importante de un torneo. Pero no, lo fallaste.

Fuente: ESPN. 
Fuente: ESPN. 

Ahora tienes la responsabilidad de anotar sí o sí. De enmendar tu error.

Luego de unos minutos comienzas a dar más de 100%, todo sea para compensar, el fallo anterior. Ahí hay sólo dos posibilidades, la primera es que te reivindicas y logras anotar o dar el pase gol para que tu equipo obtenga su ventaja (todos felices). La segunda es que sigues fallando y no logras hacer la diferencia (eres una vergüenza, retírate). Si logras que pase la primera opción, felicitaciones, te ahorraras miradas feas. Si fuiste por el camino de la segunda, anda buscando otro equipo, o un cambio de deporte.

Después del partido solo te queda superarlo. Pasar la página, pero no es nada fácil.

Acá te tengo dos noticias la buena y la mala. Empecemos por la peor, tu equipo perdió, y para tu mala suerte el gol te fallaste hubiera sido clave para la victoria. Las miradas feas, serán parte de tu camino de regreso al vestuario y hasta incluso la salida del estadio. Claro tienes amigas que te acompañarán en el dolor, pero el resto del equipo será un témpano de hielo. Olvídate de ser invitada a sus fiestas de cumpleaños.

La buena noticia es que tu equipo ganó. No te reivindicaste, pero al menos se logró el objetivo. Tu fallo quedará como una anécdota más. Tu camino al vestuario, al bus, a la salida del estadio o al punto de reunión de todas, será como estar en la zona de prensa, todas te van a preguntar: ¿Cómo te pudiste fallar ese gol? Y tú solo dirás, No sé. (Y es cierto, ese fallo quedará grabado en tu memoria, tendrás pesadillas con aquella jugada)

Fuente: Olympic Channel. 
Fuente: Olympic Channel. 

Incluso cuando ya cuelgues los chimpunes, te perseguirá.

Ese día hayan ganado o perdido, la anécdota de que te fallaste el gol quedará en el recuerdo de todas tus compañeras. Así hayan pasado años, aún te seguirán molestando y preguntando como te lo pudiste fallar. El bullying será parte de cada entrenamiento, reunión, calentamiento previo, concentraciones y hasta incluso en las fiesta, no te vas a salvar en ningún lugar.  La única forma de superarlo es anotando tres veces más de los goles cantado. Y ni así es una cura certera. Aunque no sea de vida o muerte, es algo que será parte de tí. Está en tu cancha el convertirlo en el combustible de tu hambre goleador y superarlo, o sufrir las consecuencias de tomártelo demasiado a pecho.

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