En Jartum, la capital de Sudán, el sol golpea el rostro de los habitantes con una intensidad sólo posible en el noroeste de África. Pero en un terral donde juegan fútbol nadie le presta atención. Unas decenas de jóvenes negros entrenan con tal frescura que parecen estar jugando bajo la lluvia. El polvo que flota en el aire es producto de su empeño: corren, saltan, giran. No es un partido de fútbol ni están jugando: entrenan.

No tendrán césped, camisetas o botines iguales, pero tienen disciplina. Esa que no se encuentra en uno de los países más corruptos del mundo. El entrenamiento lo dirige la única persona con cronómetro del campo. Una mujer de 25 años que usa una hiyab negra y un buzo azul eléctrico. Ella es Selma Al Majidi, la primera entrenadora de fútbol de Sudán, un país islámico con una de las leyes más represivas contra la mujer.

Para muchos, Al Majidi podría ser vista como una rebelde, pero en la cancha no se le escapa ni siquiera una sonrisa. Es seria hasta cuando hace ejercicios que parecen un juego de niños. Sin que eso signifique que se sienta insatisfecha. Tan sólo se está ganando el respeto de sus jugadores y de todo el África. Ha sido elegida por una lista de la BBC como una de las cien mujeres que más inspiran en su continente. Que ella entrene a hombres muestra el lado social del fútbol. Un deporte popular con el potencial de transformar el rol de las mujeres en cualquier país azotado por la desigualdad de género.

En Jartum, donde entrena, las leyes son un tanto más laxas que en el resto del país. La legislación sudanesa reduce de forma sistemática la presencia de las mujeres en los espacios públicos. Una de ellas, la ley de modestia, es la razón por la que cubre su cuerpo a pesar de que en verano el calor supera los cuarenta grados centígrados. Salvo el rostro no puede dejar descubierto ninguna parte de su cuerpo. El gobierno islámico que dirige el destino de Sudán desde hace cuatro décadas llama modestia a esta forma asolapada de prohibición. El Ministerio de Juventud y Deporte en el 2003, impuso una serie de restricciones a las atletas sudanesas.

Fuente: Khalid Banar. 
Fuente: Khalid Banar. 

Una de ellas “prevenía” a los hombres de ver los juegos de las mujeres. Cualquier deporte en donde pudieran ser vistas por el sexo opuesto, no era promovido por el estado. De esta forma, las únicas organizaciones deportivas femeninas que sobrevivieron fueron las escuelas privadas y las universidades femeninas. No es casualidad que, a diferencia del 90% de mujeres en Sudán, Selma Al Majidi sea una graduada en contabilidad y gestión de empresas. Además ella entrena y no jugando en público un partido de fútbol. Le ha dado la vuelta a la legislación islámica permitiéndole una licencia B para África, con la que puede dirigir a jóvenes como los de ese día. De acuerdo a una tesis sobre la importancia del deporte en las mujeres en países africanos para el gobierno de Sudán, el papel de las mujeres está en sus casas y no en los campos deportivos. El destino de las niñas está escrito: casarse, convertirse en madres y cuidar de sus familias. Según cifras de hace cinco años del mismo Ministerio, imponer la creencia de que el deporte es una distracción con sus obligaciones como madres y amas de casa ha dado resultados. Por cada quinientos futbolistas hay tan sólo una mujer. Hay cinco veces más hombres jugando vóley que mujeres. De los tres mil jugadores de ajedrez, menos de trescientos son chicas. Sabes que el problema es grave cuando el deporte más popular de un país en crisis es el nada accesible tenis. Por eso es vital Al Majidi. No sólo hace visible a las mujeres en un espacio público, sino que reivindica la idea de que una mujer puede hacer lo que se propone.

El diario árabe Al Jazeera publicó la historia de un equipo sudanés de fútbol femenino que habían escogido como nombre The Challenge. Todo, desde encontrar un lugar para practicar o conseguir el permiso de la familia, había sido un reto. No hay una liga de fútbol femenino en donde puedan inscribirse, por lo que llevan casi una década enfrentándose al otro equipo femenino de la ciudad que proviene de una universidad solo para mujeres de Jartum.

Aún así sueñan con llevar a Sudán a un mundial de fútbol. El deporte es una actividad saludable para cualquiera, porque nos permite valernos de nosotros mismos para llegar a lo más alto. En uno de los países más amplios de África, con cerca de cuarenta millones de habitantes, incluyendo la disidente Sudán del Sur, las mujeres sólo pueden permitirse el sueño de un mundial. Para una gran mayoría de ellas, la inequidad ha tomado un rumbo mortal.

En Darfur una de las regiones de Sudán del Sur donde se desarrolla un terrible conflicto armado, el valor de las mujeres se ha degradado a niveles extremos. Los observadores de los derechos humanos han perdido la cuenta de los cientos de miles de casos donde las mujeres solo tienen dos opciones: morir o sufrir una violación impune. Por eso una mujer entrenando a hombres en este país es una pequeña ventana de esperanza para cientos de niñas que buscan un porvenir distinto. Una demostración que los gobiernos podrán intentar forzar una creencia pero que la verdad de la igualdad siempre encuentra una forma de aparecer. Aunque sea en la forma de una mujer cubierta de pies a cabeza, con un cronómetro en mano, dirigiendo jóvenes más preocupados en el balón que en las armas. Como si aquel arenal fuese un estadio en Europa. Con la seriedad de alguien que piensa que su trabajo es de clase mundial

 

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