El gol más importante de todos

El partido más importante de la delantera Abby Wambach ocurrió un domingo. No se trató de una goleada ni fue ella la figura indiscutible del partido. Fue la intensidad de su juego lo que hizo creer a los millones que veían el encuentro desde sus casas, a las veintidós jugadoras en el campo y a las 25 mil personas observando los cuartos de final del mundial femenino 2011, que la mejor forma de enfrentarse al miedo es con los ojos abiertos.

Estados Unidos y Brasil suelen eliminarse en las últimas instancias. Brasil las sacó del mundial de China en cuartos, las norteamericanas les devolvieron el golpe en el siguiente mundial. Sus choques ponen en conflicto dos filosofías: el talento puro versus el mejor entrenamiento del mundo. En ese partido en el estadio Rudolf – Harbi, de la ciudad alemana de Dresde, era como si el destino no terminase de decidirse.

Un autogol brasileño a los dos minutos. Luego un penal a favor de Brasil, que se volvió a cobrar por una invasión al área que nunca se cobra. En tiempo extra, Marta, la diez de Brasil, anotó una fantasía cuyo pase vino de una posición adelantada sin cobrar, y todo parecía que la historia del equipo de Wambach acabaría ahí.

Entonces en el minuto 122, en lo que parecía el último ataque de Estados Unidos, la rubia Megan Rapinoe lanzó un centro de 46 metros como un plegaria que buscaba ser atendida. El balón dio una curva que se alejaba del arco. Sobró a la guardameta brasileña Andreina, y cuando ésta trataba de despejar el balón, Abby Wambach saltó, estiró su metro ochenta, y con un gesto técnico sólo posible por miles de horas de entrenamiento, conectó un cabezazo con los ojos puestos en el arco.  En la tanda de penales, la arquera norteamericana Hope Solo llevó a su equipo al triunfo tapando un penal. Luego pasarían a semifinales, derrotaron a Francia y al final caerían ante Japón en otro partido memorable. Sin embargo, fue en ese juego de cuartos de final donde dejó de ser sólo una delantera. La leyenda del fútbol femenino norteamericano Mia Hamm dijo que Wambach era una jugadora valiente porque cabecear así en un momento tan complicado y sin pestañear es de valientes. Wambach ha contado en su biografía que ella prefiere cerrar los ojos cuando el balón ya viaja hacia el arco.  Cuando el miedo de fallar ya ha pasado. El gol de Wambach fue considerado el mejor del mundial 2011 y luego lo nombraron como el mejor gol de la historia de Estados Unidos.

Pero lo que para ellas fue una derrota, al llegar a su país mucha gente las esperaba como si fueran campeonas. Era un efecto residual de la emoción del partido ante Brasil. Un partido de fútbol puede cambiar el estado de ánimo de una nación. Abby Wambach confesó que le parece imposible haber ganado aquel partido, y le da todo el mérito a Rapinoe. Cuando a Rapinoe le preguntan sobre el pase que realizó, ella confiesa que lo hizo sin verla. Tenía miedo de que suene el silbato. Confiaba que ella estaría. Porque siempre lo está.

Abby Wambach es una temeraria: no se consiguen 182 goles internacionales –más goles con su selección que el sueco Ibrahimovic, Messi y Cristiano Ronaldo juntos— observando de lejos. En 2007, durante un partido contra Corea del Norte en una jugada de gol peligrosa se reventó la ceja y pidió que le pusieran unos puntos rápidos para seguir jugando. Algo similar sucedió en las eliminatorias del mundial de 2011 solo que en vez de puntos, exigió grapas. En otro partido, al principio de las olimpiadas de 2012 contra Colombia, la delantera Lady Andrade le dejó el ojo morado. Pero eso no impidió que anotara seis goles en las olimpiadas y le arrebatara la medalla de oro a Japón.

Una guerrera sonríe

El estilo de Wambach es el de una guerrera amable. Durante la final de las Olimpiadas de 2012, contra Japón, la delantera que no tenía miedo pateó a una oponente en la nariz. Fue un error honesto. Así que Wambach regresó y ayudó a la jugadora a pararse, se disculpó y la abrazó por la cintura. La prensa estadounidense estaba orgullosa de su jugadora. Un periodista dijo: “En el mismo instante que Wambach patea una cara –si eso es lo que necesita para llegar al balón– se preocupa por la otra jugadora con ternura”. Si los hombres aman a Alex Morgan y las mujeres aman a Megan Rapinoe, todos aman a Abby Wambach. Una gigante que sonríe como niña. Una delantera que nunca celebra sola. El tipo de mujer que quieres que te resguarde las espaldas.

En esas Olimpiadas también quedó claro el estilo de juego del equipo de la capitán Abby Wambach. En los partidos rumbo a la final volteó varios encuentros en los últimos minutos del tiempo extra. Para la prensa norteamericana eran los partidos de fútbol con más suspenso que habían visto. Cada victoria imposible de la selección atraía más fans que empezaban a creer en ella, de ahí la frase celebratoria “I believe that we can win” (Yo creo que podemos ganar). Pero para las jugadoras y prensa especializada era una alerta. Si bien eran dominantes, tenían muchas dificultades para definir partidos importantes. El mayor temor de Abby Wambach era retirarse del fútbol sin ganar el juego que las llevara a levantar la copa del mundo.

Como preparación para el mundial, Abby decidió no jugar partidos de ligas nacionales en el último año. Quería evitar lesiones y sólo alistarse para Canadá. Dejó de tomar gaseosa, postres, dulces, comida frita y alcohol. Perdió cinco kilos antes de empezar la copa del mundo. También se dedicó a entrenar la precisión de sus cabezazos que siempre la han caracterizado. A pesar de eso algunos periodistas no ocultaban su pesar de verla empezando los partidos.

Sin embargo, el trabajo de las veteranas en un equipo poco tiene que ver con correr más rápido o presionar más al rival. En un grupo, el líder puede estar dentro o fuera de la cancha. Durante los cuartos de final contra China, cuando el partido estaba empatado, en el medio tiempo la suplente Wambach sacudió a su equipo. Básicamente las amenazó: si no metían un gol en los primeros diez minutos, habrían perdido. Seis minutos después, Carli Lloyd anotó. Si sólo nos enfocamos en las estadísticas y el rendimiento físico, Wambach no debió ser convocada. Pero tanto la entrenadora como ella entendieron su labor en el equipo. En un momento de desconcierto a veces es necesario que alguien te grite que hacer.

Cuando Estados Unidos goleó a Japón en los primeros minutos de la final del mundial, se liberaron de varios grilletes: el estigma como equipo de no saber ganar los partidos importantes, levantar una copa que parecía esquiva, vengarse contra el equipo que les quitó la gloria, aún más merecida, cuatro años atrás. Pero también se rompió un prejuicio social. Abby Wambach es abiertamente lesbiana, y cuando el pitido final resonó en la cancha, corrió hacia la tribuna para depositar un beso a su esposa. Ella no lo hizo como una protesta por los derechos de igualdad de la comunidad gay. Simplemente era una persona celebrando un triunfo con quién ama. La política y la retórica fueron derrotados por un simple beso.

Al pasear por el Cañón de los Héroes de Nueva York también se estaba escribiendo historia. Ese gran desfile es la máxima muestra de agradecimiento del público al que puede aspirar un norteamericano. Desde veteranos de guerras mundiales a deportistas olímpicos han sido bañados por cientos de miles de gritos. Es el primer reconocimiento de este tipo al fútbol, y sobre todo a un grupo de mujeres. Era tanta la emoción que parecía un concierto de rock. Y encima del escenario motivando a la hinchada como si estuviera en el camerino, Abby Wambach decidió cambiar el “Yo creo que podemos ganar”, por “Yo creo que ya ganamos”. Los fans dejaron su garganta. Wambach también. Letrista de himnos de hinchada. Delantera. Esposa. La mujer que derrotó al miedo se enfrentará al futuro de la misma forma con que superó sus temores: mirándolo de frente, sin parpadear.

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