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Francia 2019

Los goles de Florencia Bonsegundo convirtieron el trámite de la fase de grupos en una de las más épicas historias del fútbol femenino

Piero Che PIu

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El mundial no empezó con la goleada que Francia le asestó a Corea del Sur, tampoco con la tragedia de goles que Estados Unidos propinó a Tailandia, mucho menos con el dominio Europeo en toda la fase de grupos. El mundial de fútbol femenino de Francia 2019, comenzó con un partido que no clasificó a ninguna de las selecciones a la siguiente ronda.

Cuando la delantera cordobesa Florencia Bonsegundo forzó el segundo gol de Argentina —un autogol— las 28 mil personas en el Parque de los Príncipes aguantaron la respiración. Ningún equipo en la historia del torneo había regresado después de estar tres goles abajo. Hasta ese momento el mundial parecía un trámite donde las favoritas —más entrenadas, mejor pagadas— tumbaban sin piedad a selecciones como la Argentina que clasificaron al mundial con la cancha inclinada en su contra. Su sorpresiva victoria ante Colombia en la última Copa América, las catapultó hasta el puesto 37 del ranking pero ¿qué podían hacer contra Inglaterra la tercera mejor selección del mundo, la séptima Japón y la veinteava Escocia?
Vanina Correa fue exigida al máximo durante todo el mundial.

En sus anteriores apariciones Argentina había estado más en su área que en la del rival. Nunca en su historia habían hecho un punto en el mundial o anotado un gol.  Ante la futura semifinalista Inglaterra lo que pudo ser una goleada terminó en tan solo un tanto, gracias a las espectaculares atajadas de Vanina Correa la futbolista del partido. Frente a Japón se enfrentaron con un grupo diferente al que llegó a dos finales del mundo, sin embargo, el protagonismo se lo llevó de nuevo la actuación de su portera y una defensa donde hasta las de adelante marcaban.

Mientras Argentina concentraba toda su energía en defender,  Escocia parecía capaz de anotarle goles a cualquiera. En sus últimos juegos las europeas mostraron ser efectivas en los contraataques, toda su volante se movía en bloque para atacar y defender. Sin embargo, a pesar del evidente talento de sus futbolistas, se apreciaba cierta irregularidad en su desempeño. Tenían grietas. Despejes a ninguna parte, faltas al frente del área, malas salidas. Sus rivales supieron convertir esos errores en tempranos goles, que quebraron su sistema de juego. La clasificación albiceleste dependía de ganarle al equipo que peor defendía en su grupo. Debían atacar.

Más tarde esa noche, de regreso a su pueblo, le harán subir al camión de los bomberos para saludar a sus viejos vecinos como una guerrera en estado de gracia. En Argentina, por unas semanas, Bonsegundo es otra gigante de pequeña estatura. Sus goles han puesto en los titulares sus viejas luchas que al fin reciben la atención necesaria para ser eliminadas.

La armada Argentina ha venido a competir

Si Argentina hubiera atacado como en la segunda mitad contra Escocia durante toda la fase grupos, quizás no hubieran tenido que apretar los dientes en los últimos minutos.  Salirse del plan original para conseguir al menos una victoria fue toda una declaración de principios. Esta generación de futbolistas argentinas estaban tan concentradas en pasar de ronda que quien usaba su celular sería multada. La voluntad que mostraron en los partidos previos hizo evidente que era más que  una defensa aguerrida. Querían jugar a ganar, y no sólo a defender-.
 
Cuando en el minuto 94 del partido la defensora Sophie Howard se barrió en el área para evitar el disparo de  la central albiceleste Cometti, que buscaba  el milagro de la remontada en lado opuesto de su área, parecía la última jugada del partido. Cometti alzó los brazos en protesta pero la falta pasó desapercibida para la árbitro coreana Ri Hyang Nyo, que prefirió obviar sus reclamos y dejar que el juego continuara. Entonces el VAR validó los reclamos argentinos. La necesidad de la victoria, la remontada imposible, y ahora la complicidad del polémico sistema de arbitraje estaban convirtiendo el último partido del grupo D en el partido más emocionante del mundial. 

El resultado que parecía seguro ahora tambaleaba ante el silbato de la árbitro coreana. Bonsegundo cogió el balón con la determinación de las que no saben dudar. La portera escocesa Lee Alexander, del Glasgow City, adivinó la dirección del disparo de Bonsegundo. La delantera cayó de rodillas. Durante veinte segundos se acabó el mundo para la once argentina. Entonces la árbitra usó su silbato pero no para finalizar el partido. La portera tenía ambos pies sin pisar la línea del gol. En los mundiales de fútbol femenino suelen ponerse a prueba los cambios de reglamentos de la FIFA (el anterior mundial fue el primero en jugarse en césped artificial). La árbitra revisa el VAR y confirma, le saca la tarjeta amarilla a Alexander  por adelantarse y ordena otro cobro penal.  Bonsegundo no desperdicia su segunda oportunidad, y su anotación escribe un pequeño episodio en la historia en el fútbol femenino. El día en que un equipo regresó de un tres a cero.
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Una guerrera en estado de gracia

La delantera que empujó a Argentina al arco escocés tiene veinticinco años. Antes del mundial tuvo un paso regular Deportivo Huelva, de la primera división de fútbol femenino de España.  Su actuación en el mundial la ha hecho firmar por  Valencia de la misma liga. Durante la Copa América fue clave para la clasificación de su selección después de décadas. Le ha tocado la alegría de haber jugado un mundial. De haber anotado. De celebrar sus goles hasta agotar el aire de sus pulmones. La calidad de su segundo gol, aunque fue validado como autogol,  fue tan espectacular que transformó a un estadio. Los goles alteran peinados, deterioran gargantas y nos hacen propensos a los abrazos. 
 
El furor por esos goles fue tan intenso que continuará hasta una semana después, cuando la atacante llegue a su ciudad, Monteros en Córdoba, donde las futboleras locales se organizaron para esperarla en el aeropuerto. Más tarde esa noche,  le harán subir al camión de los bomberos a saludar a sus viejos vecinos como una guerrera en estado de gracia. En Argentina Bonsegundo por unas semanas es otra gigante de pequeña estatura. Sus goles han puesto en los titulares viejas luchas que al fin reciben la atención necesaria para ser eliminadas. Su historia se parece a la de otras chicas: la sistemática falta de apoyo, los reglamentos sin sentido que le impidieron jugar, sus mil oficios, aparecen en los noticieros que hace unos meses no conocían su nombre. 
 
En un programa hasta le preguntaron por el significado del tatuaje que lleva en su brazo izquierdo. No es sólo una frase suelta,  es el título de una canción: «vuela más alto» del grupo Cuarteto. Más que un deseo para elevarse a otras latitudes, es un desafío. En el aeropuerto, la atacante le firmará su vieja camiseta del Belgrano a una pequeña hincha con sueños de fútbol. Solo que, para esa niña, la cancha ya no estará inclinada
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