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adriana dávila

Una Capitana de por vida

Sobre como sacar la cara por otras te hace más fuerte.
Un perfil de

El cabello enrulado no es un anticipo de desorden. Para la única peruana en jugar en un equipo extranjero, hay que tener disciplina para llegar a ser alguien. Adriana Dávila tiene el aplomo de quien no tiene remordimientos. Ella es una arquitecta que debía levantarse a las cinco de la mañana para que le alcanzara el tiempo para estudiar y entrenar. Una volante de contención que cuando jugaba con Perú se disfrazaba de delantera porque sólo de marca no puede vivir una mujer. Fue una de las poquísimas que tuvo la suerte de no tener que elegir.
Muchas de las jóvenes futbolistas locales sueñan con practicar el fútbol afuera, pero terminan trabajando o estudiando. Dávila es una prueba de que es posible, no renunciar ni a la vocación ni a la pasión. 

Cuenta Dávila que cuando jugaba en Italia, no le faltaba nada. En el Orlandini 97, un club de la serie A II de fútbol femenino italiano, tuvo la oportunidad de probar que podía jugar en cualquier parte. Al principio le costó, el técnico la había obligado a dar sólo dos toques al balón. Distribuirla más rápido. En una entrevista al diario Perú.21 dijo que entendía que esto beneficiaba al equipo. El resultado final de este trabajo fue que en la temporada de 2009/2010 su equipo consiguiera consagrarse campeón de la categoría.

—Mi camiseta parecía unas páginas amarillas, estaba llena de auspiciadores.

Es la diferencia entre una comunidad que se compromete con todo tipo de deporte, a diferencia de Perú en donde el apoyo sólo le pertenece al fútbol masculino. Por su paso en Italia la compararon con Juan Vargas. Ese volante de grandes jornadas en la Fiorentina del Calcio, y en la eliminatorias. Ambos eran futbolistas de la selección, jugando en Italia, la diferencia era que ella trabaja por las mañana en una inmobiliaria, mientras que el pase de Vargas llegó a valer 16 millones de dólares. 

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Adriana Dávila con la camiseta de su equipo de fútbol 7 pinguinos blancos. ©Jorge díaz
La falta de apoyo te puede hacer sentir frustrada o sin valor. Pero nadie te puede quitar lo jugado. Los mega sueldos del fútbol, no sólo producen millonarios prematuros, también hombres que no saben qué hacer después que su carrera ha acabado. Gracias al fútbol Dávila pudo obtener una beca de estudios. Un trabajo en Europa. Una profesión. No hubieron millones pero sí una vida por la que vale la pena levantarse en las mañanas.

La hija del capitán aprende a jugar fútbol

Siempre hay algo de suerte detrás de toda historia de éxito. En plena selva peruana, mientras acompañaba a su padre marino destacado, Adriana Dávila aprendió a jugar fútbol con los otros hijos marinos. ¿Qué probabilidades de jugar en Europa tenía una niña que pateaba una pelota en Yurimaguas, Loreto? Para vencer las probabilidades hay que tener carácter y Dávila creció con el chip de capitán. Una persona a la que le importa más las acciones que las palabras. Alguien que da un paso adelante para atacar pero también para defender a los demás. Una persona en la que puedes depositar tu confianza. 

De vuelta en Lima estudió en el Liceo Naval, un colegio mixto donde también se practicaba el fútbol femenino. Dávila cuenta que cuando llegó al cuarto de secundaria, durante un evento escolar, unos dirigentes de Sporting Cristal fueron a ver a un adolescente alto y delgado que prometía. En aquel entonces Claudio Pizarro era un compañero más de promoción. Sin saber que había observadores Dávila también jugaría un partido. Mientras lo de Pizarro quedó en un acercamiento, los de Sporting Cristal la eligieron armar su primer equipo de fútbol femenino. Era 1997 y se iba jugar el primer Torneo Oficial de Fútbol Femenino de Perú, pero además Dávila estaba a punto de terminar el colegio. Pronto tendría que decidir qué haría el resto de su vida. Entonces el fútbol se convirtió en una puerta para la arquitectura. 

La Universidad Ricardo Palma, le ofreció un beca completa a condición de que jugara para la universidad. Adriana Dávila se unió a su equipo de Fútbol Sala. Una rama del balompié, en donde el manejo del balón predomina sobre el atletismo. Llegó a jugar por la selección de Perú y disputar varios Sudamericanos. Y luego de varios subcampeonatos, en el 2006 ganó el campeonato nacional con el equipo de la universidad. En paralelo a sus estudios continuaba jugando con la selección. Cuando acabó la carrera, Orlandia 97, le ofreció saltar el charco.

¿Qué probabilidades de jugar en Europa tenía una niña que pateaba una pelota en Yurimaguas, Loreto? Para vencer las probabilidades hay que tener carácter y Dávila creció con el chip de capitán. Una persona a la que le importa más las acciones que las palabras. Alguien que da un paso adelante para atacar pero también para defender a los demás. Una persona en la que puedes depositar tu confianza.

Adriana Dávila, la flecha

Hace unos años Adriana Dávila se enfrentó al retiro. Después de casi 20 años de carrera, sabía que su cuerpo no iba a ser el mismo. Dejar de entrenar parece una bendición, pero tu cuerpo empieza a extrañar ese rico sudor del esfuerzo. El fútbol le había todo. La mejor experiencia de su vida fue campeonar con la selección en los Juegos Bolivarianos de Colombia 2005. También le ayudó con la arquitectura después de jugar con varios grupos distintos de chicas, sabía cómo tratar a cualquier tipo de persona. Sus obreros quieren formar parte de su equipo.

Al regresar de Italia, Adriana Dávila ya tenía ofertas de trabajo en una inmobiliaria donde se mantiene hasta ahora, pero también es gerente de su propia empresa que se encarga de implementar supermercados y tiendas. “El deporte te da disciplina, pero la formación es importante” asegura. Sus mejores recuerdos con selección los tiene con el profesor Lizandro Barbarán, pero critica a la federación porque dice que en algunas ocasiones no tuvieron compasión con las chicas que trabajaban. No se arrepiente de nada. En la actualidad juega futbol 7 en el equipo “Pingüinos Blancos” , claro que ya no lleva la misma intensidad de una jovencita de 18 que se muere por jugar. La convivencia en un equipo produce apodos. Sus ex compañeras de la selección le llamaban La Flecha por los pases, directos, inmediatos, y siempre en el blanco, pero también por su disposición de ir hacia adelante cuando la mayoría tiende a quedarse a atrás. Quizás lo que más le ha dado el fútbol a Adriana Dávila ha sido la capacidad de escoger. La ha convertido en la dueña de su destino. En la capitana de su alma.

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